Amanece. La majestuosa luz albina pregona su llegada y despierta sombras sobre los viejos y sabios ladrillos macizos de la Mezquita de Almonaster la Real. Me siento tan privilegiado dentro de este cuadro que aplaudo la suerte de vivir en esta tierra, de respirarla. Y pienso en los primeros habitantes de la Sierra.
Me cuesta asimilar la imposibilidad de conocer su realidad más humana, sus sentimientos. Sólo algunas pinceladas que la Arqueología nos muestra para que interpretemos sus modos de vida.
Parece ser que las cuevas y abrigos rocosos del centro de la Sierra sirvieron de lecho para aquellos introvertidos hombres en los que aún resonaba el eco de la última glaciación. El paulatino pero demoledor apetito del tiempo había perforado habitáculos en la roca caliza de la Cueva de la Mora de Jabugo y de las cuevas de la Peña de Arias Montano. Y desde la lucidez de la lumbre, los primeros serranos hubieron de sentir la magia del entorno, la singularidad de su amanecer.
Trato de imaginar los inicios del poblamiento al aire libre. El hombre cumplía su mayoría de edad y, tras soltar la mano de la Madre, comenzó a producir, a transformar su camino. Unos cinco mil años han pasado desde que las primeras hachas de piedra pulimentada segaran el espesor de las riveras del Chanza, Múrtiga o Huelva para permitir la visión de un nuevo mundo. El cereal y los primeros rebaños, el desarrollo de una incipiente metalurgia de cobre o las producciones cerámicas a mano, generaron una percepción óptima del día a día.
Reflexiono sobre el atasco actual y rebusco en las costumbres de las pequeñas comunidades de la Edad del Cobre. ¿Podrían aportar algo a nuestra sociedad? Claro que sí, valores. Expiraban principios de reciprocidad y de solidaridad que garantizaban protección y subsistencia al grupo. Además el respeto o el bien común reforzaban los lazos de identidad. Vivían en chozas circulares con zócalos de piedra y techumbre de ramas y barro en las elevaciones de Lomo Delgado o Las Peñas en Aroche, San Sixto en Encinasola, Cerro del Castillejo en Santa Olalla del Cala…y honraban a sus difuntos edificando megalíticas tumbas: los dólmenes. Sepulcros colectivos de grandes piedras alejados de personalismos y de suntuosas apariencias, con sencillos ajuares emanados de la cotidianidad.
Los dólmenes de Corteganilla en Cortegana, el de La Belleza en Aroche o el supuesto crómlech de la Pasada del Abad en Rosal de la Frontera perduran como hitos del amor umbilical de unas gentes sobre la tierra en la que habían hincado sus sentimientos. Amaneció en la Sierra.
José Francisco González Vázquez
Historia y Arqueología | Culturaleza
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14 diciembre, 2011 a las 23:12
Estimado José Francisco,
Me gustaría citar el tercer párrafo en un trabajo que llevo a cabo sobre modelos digitales del terreno, si a usted no le supone inconveniente, pero me surge una duda para la referencia bibliográfica ¿este texto está escrito originariamente en esta web o en la revista? Muchas gracias de antemano y enhorabuena por la descripción poética del entorno de Sierra Morena.